FORMAS DE ACTUAR EN EL SER HUMANO

Los seres vivos, para sobrevivir, debemos reaccionar ante las variadas dificultades que nos impone el ambiente, el cual nos exige diferentes acciones destinadas a satisfacer necesidades y evitar peligros. Los organismos, a mayor complejidad, más posibilidades de actuación tienen. Consecuentemente, los humanos, aunque somos capaces de comportarnos con simplicidad, de igual manera que la de otros animales, también podemos hacerlo con mucho más elaboración. A todas las formas de conducta, uno de los primeros grandes pioneros dentro de la psicología, Pierre Janet, citado en Van Der Hart, Nijenhuis, y Steele (2008), las denominó tendencias de acción. Estas ultimas fueron clasificadas y organizadas dentro de una jerarquía, mostrada brevemente en este artículo, que resulta de suma utilidad para comprender como el ser humano se desenvuelve en el mundo y se desarrolla a lo largo de su vida. 

El tipo de respuesta menos evolucionada es el movimiento desorganizado. Esta no tiene ninguna utilidad y es producto de algún estado físico o psicológico problemático: epilepsia, pánico, etc. A partir de esta primera, todas las tendencias de acción clasificadas tienen alguna función. Estas, según su grado de complejidad, se agrupan en tres bloques: de nivel inferior, medio y superior.

Las formas de actuar más sencillas, dentro de las de nivel inferior, son las conocidas como actos reflejos. Estas son automáticas e involuntarias y están destinadas a perseguir algo que satisface determinada necesidad o, por el contrario, a alejar al sujeto de elementos aversivos.  Estas, podríamos verlas en el acto de retirar la mano del fuego, cerrar el ojo ante un elemento extraño, etc.

Más arriba, siguiendo una escala de complejidad y gradación evolutiva ascendente, se encuentran las tendencias de acción reguladoras presimbólicas, las que, como su propio nombre indica, sirven para regular a otras. En concreto,  lo que hacemos con las acciones señaladas es controlar impulsos mediante el retraso o anulación de actos reflejos. Como muestra, imaginemos que nos van a clavar una aguja en el brazo para sacarnos sangre. En este caso bastante probable, aunque el acto reflejo normal sea el de retirar la extremidad, como el momento así lo requiere, nosotros seremos capaces de mantener firme nuestra extremidad por medio de  la acción reguladora. 

Continuamos con las tendencias de acción sociopersonales presimbólicas. En estas últimas no interviene sólo una persona, debe hacer acto de aparición un mínimo de dos para que puedan darse. Se trata de conductas sociales en las que es necesario que exista un reconocimiento de que otro u otros tienen mente. Estas formas de actuar pueden clasificarse en imitación, subordinación o colaboración. La imitación, por ejemplo,  la encontramos cotidianamente en todas las cosas que aprendemos como consecuencia de la observación de lo que hacen los otros, la subordinación debido al reconocimiento de una superioridad ajena  y la colaboración por coordinación con alguien más.

Las tendencias de acción simbólicas básicas son las que siguen en esta escala. Por un lado, hacen referencia a la utilización de herramientas u objetos que tienen ciertas utilidades adaptativas: una bolsa para llevar la compra, una llave para abrir una puerta,… Pero, además, estas tendencias de acción describen al uso de la palabra como elemento útil básico. El relacionar palabras, símbolos, con realidades y entre ellas, está en la base de la inteligencia humana. Así, para nosotros poder reflexionar y planificar la manera en la que cuidar a un perro, necesitamos saber que la palabra perro representa al animal y que este es diferente de lo que nos indican las palabras caballo, gato, cerdo, etc.

Pasando a un nivel de complejidad intermedio, las primeras que encontramos son las tendencias de acción simbólicas reflejas, que podrían describirse como creencias que incluyen la ejecución de alguna acción posterior. Aquí estamos hablando de esquemas mentales fijos que todos tenemos y que nos marcan gran parte de nuestra visión de nosotros y el mundo. Ejemplos de estos comportamientos podemos encontrarlos cuando hace presencia en nuestra mente algún tipo de autocrítica destructiva del tipo “no soy suficientemente bueno”, “soy malo”, cuando aparece una regla como “si me siento mal no voy a gustar a los demás”, etc.

Continúa la clasificación con las tendencias de acción reflexivas, las cuales suponen razonamiento y debate interno o externo. Este tipo de acciones nacen de la expresión  y examen crítico de las creencias reflejas, pudiendo ser realizadas por uno mismo o junto a otros. Cuando cobramos consciencia de la autocrítica ilógica o de cualquier otra idea rígida y, en lugar de tomarla como verdad absoluta, reflexionamos sobre su idoneidad o no, estamos ante tendencias de acción reflexivas.

En este punto, pasamos a las tendencias de acción superiores y, dentro de estas,  a las tendencias de acción reflexivas prolongadas, que hacen referencia al hecho de ser capaces de mantener determinadas actuaciones que, en su conjunto, persiguen objetivos a largo plazo. Si imaginamos finalizar una carrera universitaria, formar una familia, desarrollar un proyecto empresarial, etc., veremos fácilmente que requieren de este tipo de acciones.

Sigue la jerarquía con las tendencias de acción experimentales, las cuales se orientan a la comprobación sistemática de las ideas reflexivas. Siguiendo lo descrito anteriormente, el ponerme a prueba e intentar hacer algo que, aunque en principio una creencia refleja me decía que no era capaz, pero que, tras reflexionar, lo puse en duda, sería una acción experimental.

Por último, encontramos las tendencias de acción progresivas. Aquí estamos en el nivel de desarrollo máximo, no accesible a todo el mundo, el cual nos permite entender conceptos superiores como coincidencia, casualidad, evolución, libertad y relatividad. Muestras de esto los podríamos observar en aquellos que realmente entienden y aceptan que el ser humano está sujeto a diferentes elementos que no puede controlar y que, a la vez, tiene la libertad para modificar muchas cosas que sí dependen de él.

Como se ve en esta jerarquía, no todas las personas llegan a alcanzar las cotas superiores; pero, sin duda, cuanto más arriba en la clasificación llegue la persona, mayor capacidad para desenvolverse en su entorno. Así, por ejemplo, la psicología moderna asume que el exceso de uso de tendencias de acción simbólicas reflejas está en la base de muchos problemas psicológicos y, consecuentemente, lo que buscan casi todas las psicoterapias es ayudar a las personas a que, en su lugar, usen más tendencias de acción reflexivas y de orden superior. En definitiva, esta clasificación ofrece una forma de interpretar la conducta humana que, cuando menos, resulta de suma utilidad para todo aquel que se acerque a ella.

 

 

Lista de referencias.

Van Der Hart, O., Nijenhuis, E. R.S. y Steele, K. (2008). El YO Atormentado. La Disociación Estructural y el Tratamiento de la Traumatización Crónica. Bilbao. Desclée de Brouwer.

 

 

Autor: Juan Antonio Alonso