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A veces no entendemos el comportamiento del otro porque desconocemos su dolor. Los juzgamos por lo que vemos, no por lo que los puede estar moviendo.
No todo el mundo enfrenta a la vida de igual manera. La capacidad de afrontar la dificultad puede ser muy diferente cuando las cosas son realmente duras.
Antes situaciones de duelo, muchas personas tienen la fuerza de no perder la perspectiva de que hay otras personas que deben ser cuidadas.
Por desgracia, algunos son los que se encuentran tan cubiertos de oscuridad que son incapaces de traspasar ese velo y observar lo que hay más allá, a los que allí están.

Estar motivado para alcanzar tus objetivos no garantiza que estos sean realmente valiosos. Tener el total convencimiento de que vas a luchar con toda tu energía por mantener los que ya alcanzaste sí te está diciendo que estos son esenciales.
A lo largo de nuestra vida son muchas las metas que nos marcamos y, proporcionalmente, también alto el esfuerzo que invertimos para su consecución. De esto, no todo es alcanzado y, de lo que sí, mucho de ello no es percibido tan importante tiempo después de haberlo logrado.
Se podría decir que todos nos hemos enfrentado alguna vez a la decepción que supone anhelar algo, poner mucho para que esto llegue y que, una vez está, de inmediato o al tiempo esto haya perdido su brillo.
Diferente es lo que ocurre con lo que, una vez está, sentimos inquietud ante la posibilidad de perderlo, tenemos el convencimiento de que es lo que queremos y que, por lo tanto, la lucha por el mantenimiento es la única opción que nos planteamos.
En este último caso, independientemente de que sea posible el que esto siga ahí, de que sea sano hacerlo o de que llegue a producirse, sí podemos estar seguros de que estamos ante algo realmente más que importante en nuestras vidas.

Recuerda, todos nos equivocamos mucho y frecuentemente. No pongas tu esfuerzo en disimularlo, mejor céntrate en habituarte en reconocerlo e intentar reparar el daño que tus errores hayan podido causar.
El ser humano se caracteriza por su flexibilidad, por ser capaz de aprender e ir modificando su conducta según logra o se aleja de sus objetivos. Esto, como fácilmente puede ser entendido, es imposible hacerlo sin el desacierto y el intento de rectificación.
Esta lógica que de manera tan aplastante podemos entender como fundamental, no siempre la tenemos presente y, desgraciadamente, en muchas ocasiones, malgastamos nuestra energía en demostrar al mundo que somos infalibles.
No solo es inútil empeñarnos en algo imposible, sino que esto mismo nos desgasta y nos cierra al aprendizaje. Así, lo más eficaz va por otro lado, por el de reconocer el error, intentar arreglar lo que se pueda y, si no es posible, continuar adelante con la determinación del que hace lo que está en su mano por mejorar.

Querer y que nos quieran nos hace fuertes, nos lleva a sentir que somos capaces de afrontar los retos, de construir una vida y de ayudar a que otros lo hagan.
Afrontar los retos que conlleva nuestra existencia exige en muchas ocasiones luchar con todas nuestras fuerzas, movidos por el impulso de creer que nosotros podemos. El amor que nos dieron y que nos dan es el combustible de ese motor.
Además, vivir consiste en aportar lo que tenemos a parte del mundo que nos rodea y, dentro de este, a los seres que amamos son aquellos a los que resulta más necesario, fácil y gratificante dárselo.

En los momentos complicados, cuando enfrentamos cara a cara la adversidad, es muy posible que las cosas superficiales de nuestra vida desaparezcan y que solo quede ante nosotros lo realmente importante.
En una sociedad donde habitualmente vivimos volcados hacia la satisfacción de placeres inmediatos es frecuente que nos cueste distinguir entre cosas realmente valiosas y otras que son meramente complementos.
Podría decirse que lo común en la mayor parte de nosotros, en nuestro día a día, es dar una valoración exagerada a cosas que solo proporcionan satisfacción pasajera, que se difuminan conforme las alcanzamos.
Sin embargo, para muchos, situaciones de crisis en las que el peligro y la posibilidad de perder todo está presente de forma clara, suelen ser un momento en el que lo superficial cae y lo que se muestra es lo que de verdad es valorado.

Hacer psicoterapia implica ser capaz de ponerte a un lado a la vez que estás totalmente con el otro. Se necesita la habilidad de observar desde la distancia y de tocar de una manera totalmente íntima al mismo tiempo.
Una parte del trabajo de la atención psicológica se asienta en la capacidad de que el profesional deje a un lado sus valores, miedos, expectativas, etc., para, así, poder analizar los del otro de una manera objetiva.
Otro lado igual o más valioso incluye algo muy distinto, se trata de la necesidad que tiene el psicoterapeuta debe sentir con el que tiene frente a él, de conectar con la necesidad de estar ahí y, por supuesto, de hacerlo llegar de una manera sincera.

Lo que nos dicen los que nos quieren no siempre son simples palabras, muy a menudo va acompañado del afecto de una caricia, el apoyo de un hombro o la pasión de un beso. Pero, por desgracia, también puede contener la distancia, indiferencia y frialdad del que se aleja cuando se le pide estar cerca.
Con aquellas personas especiales, significativas, con las que tenemos vínculos emocionales, cuando nos estamos comunicando con ellas en este plano, el de la cercanía y la afectividad, lo que sentimos tiene un peso fundamental. Aquí es mucho menos importante el mensaje externo que los sentimientos que se mueven bajo este.
Por esto, el cuidado a la hora de expresar determinadas cosas debe ser máximo, ya que la facilidad para herir será alta. De igual forma, el modo de interpretar lo que sentimos ante sus palabras también deberá ser tomado con distancia, pues es fácil dejarnos llevar por lo que pueden mover sus expresiones.
Por suerte, el peso de la carga sentimental que puede acarrear lo dicho por los que nos queremos también incluye lo que tiene que ver con sentirnos acogidos, apoyados e incluso deseados. Por consiguiente, en el buscar esto último siendo conscientes de que también puede ocurrir lo otro está el trabajo de los que nos queremos.

A veces, cuando todo va bien, tendemos a creer que todo seguirá así o que solo irá a mejor. De igual manera, en los momentos en los que todo está mal, solemos pensar que nunca volveremos a vivir un momento de felicidad.
En la vida de cualquier persona se suceden momentos en los que abundan situaciones que aportan alegría, paz y tranquilidad, de otros en los que los que está más presente es la tristeza, el desasosiego y el miedo.
Reconocer que esto es así, que vivimos en un ciclo continuo en el que a los momentos en los que estamos arriba se suceden otros en los que estamos abajo, es esencial.
Debemos de huir de la euforia excesiva que nos lleva a vernos como seres situados por encima de las leyes naturales e, igualmente, no caer en el pesimismo derrotista que nos conduce a la inacción.
El único camino es ser conscientes de la realidad. Así, si ahora sientes que tu vida se cayó, se destrozó y que nunca volverá a ser algo parecido a lo que fue, debes saber que esto no es así, esta se puede levantar, reconstruir y acercarse al lugar del que partió.

Cuando las cosas se complican, no siempre existe la opción de huir, a veces, las únicas alternativas son la de dar lo mejor de nosotros para intentar cambiarlas o la de rendirnos.
Si la última opción, la de dejar de pelear, no solo afecta al que la escoge, sino que también conlleva el mal para muchos otros, la única vía moralmente viable es la de seguir intentándolo.
En muchas ocasiones, el dolor, la incertidumbre y la frustración nos hacen dudar y plantearnos abandonar la lucha por alcanzar nuestros objetivos. En esos momentos, recuerda, las grandes gestas requieren enormes esfuerzos.

Nuestra civilización ha sido forjada por hombres y mujeres que lucharon por solucionar los problemas de su tiempo.
Todos tuvieron la oportunidad de poner su parte en la construcción de la solución. Muchos lo hicieron, otros, no solo no actuaron así, sino que fueron parte del problema.
Ahora, nosotros tenemos obligatoriamente que escoger entre una de las dos opciones. Aportar nuestra parte para superar los retos a los que la humanidad se enfrenta o hacer a estos más difíciles de lo que ya son.

Hay momentos en la vida en los que el único sentido es pelear, mirar al presente y luchar para que pueda existir futuro.
Cuando todo es estable, predecible y aparentemente seguro, tendemos a alejar a nuestra mente en el tiempo y a situar a un lado a lo de ahora.
A veces, tendemos a enredarnos en grandes planes que, si bien es posible que algún día lleguen, también puede ocurrir que un exceso de atención en ellos provoque no ver a los pequeños, a la maravillosa rutina que no siempre valoramos.
Igualmente, común es el hábito de observar los hechos pasados con detenida atención, dándoles un valor muy superior a lo acontecido en el momento actual. Esto, sin duda, limita la visión de lo que estamos viviendo.
Se podría decir que, cuando lo que tenemos delante es muy normal, nos gusta de ir a otros momentos a buscar lo que no es así, mientras que, cuando las cosas se tornan raras, imprescindibles, peligrosas, el presente suele adquirir una importancia casi dramática.

La vida, a menudo da un giro inesperado, unas veces mejorando lo presente, otras, todo lo contrario.
Podemos soñar con un mundo estable fácil de predecir, pero solo sería una fantasía, nada que se acercase a la realidad.
Es imposible predecir y saber cómo es el devenir de los tiempos que uno está viviendo, solo nos queda quedarnos con la esperanza de que lo anhelado llegue.
Pero toda ilusión, de nada sirve si no le aplicamos el esfuerzo necesario para que esta sea alcanzada. Este no nos asegurará nada, pero sí aumentará la posibilidad de que ocurra lo más probable.

Todos debemos de colaborar para frenar, en la medida de lo posible, la expansión del coronavirus.
Para ello, lo primero, no me cabe duda, es seguir las indicaciones de los especialistas: médicos, epidemiólogos, fuerzas de seguridad del estado,...
Además, creo que tenemos otro gran deber, el de no colaborar en la histeria colectiva.
Señoras y señores, hagamos lo que nos dicen los que entienden de esto y dejemos de expandir noticias sin base alguna, de acaparar productos y alimentos más allá de lo necesario y, en definitiva, del sálvese quién pueda.
Es el momento del civismo, no del egoísmo.

Si tu pareja es una persona que siempre cree tener la razón, si defiende su postura de manera irreflexiva en casi todas las circunstancias, si cuando tú pides disculpas por tus errores esta hace hincapié en tu fallo e intenta aumentar tu malestar, cuidado, es muy posible que estés con alguien manipulador, narcisista, maltratador.
La gente con una personalidad equilibrada es capaz de reconocer que su forma de pensar es suya y que existen otras maneras de ver al mundo, se esfuerzan en bajar sus defensas y acercarse al otro y, por supuesto, cuando perciben que dañan al ser querido sienten compasión y, consecuentemente, intentan minimizar el daño.

Tú puedes ser tu peor enemigo, pero también tu mejor amigo. Alguien cruel y despiadado contigo mismo o una persona que se ofrece ánimo y consuelo.
En ti esta ser el uno o el otro, quedarte en la autocrítica feroz o ir hacia el perdón de tus errores, la búsqueda objetiva de la mejora y la aceptación de tu debilidad.
Nuestra actitud hacia nosotros es algo que podemos aprender a manejar. Esto no es igual a que sea una tarea fácil, para nada lo es. Tampoco se trata de algo que pueda lograrse y guardarse sin más. Se trata de un conjunto de hábitos mentales que tenemos que fomentar en nosotros mismos de forma continua.
Así, cuando aparezca en ti la sensación de fracaso, de culpa, de arrepentimiento,..., no insistas en castigarte más diciéndote lo mal que lo hiciste, el desastre en el que te has convertido o lo ridículo que pareces en muchas ocasiones. Acostúmbrate a observar, buscar mejora si es posible y darte ánimos para ir hacia ella si es que existe, si no, simplemente, darte un abrazo y mucho ánimo para dejar ahí todas esas emociones y pensamientos que te torturan.

Hay días muy oscuros en los que parece que nunca llegará la luz. Confía en el flujo de la vida, todo se mueve y cambia. Sé paciente, las nubes negras se irán y el sol volverá a brillar.
Hemos de aceptar que ser personas implica tener emociones y que esto conlleva experimentar las negativas y las positivas, es imposible que sea de otra manera.
Además, nuestras diferentes circunstancias, también cambiantes, harán que tengamos épocas en las predominarán un tipo de sentimientos u otros. Una fantasía del todo irrealizable es pretender algo distinto.
Así, acepta nuestra realidad y ten la templanza para dejar que las cosas sigan su curso. No pelees contra lo que no se puede ganar.

Son muchas las ideas que tenemos sobre el funcionamiento del mundo que solo se basan en lo que las personas de nuestro entorno nos dijeron, sin más base que esa, opiniones de muchos apoyadas en las de otros tantos.
Nuestros comportamientos, sin darnos cuenta, en muchas ocasiones están siguiendo una concepción de cómo son las cosas que no responde a ninguna lógica o ley natural que realmente diga que esto es así. Esto, cuando no choca con lo que lo realmente necesitamos, no supone problema alguno, pero, en los momentos en los que seguir tales creencias nos frena, continuar aferrados a ellas es un gran absurdo.

No te esfuerces en hacer que el otro entienda el mundo igual que tú, eso es imposible, él lo ve con su mente, tú a través de la tuya.
Nuestra personalidad, experiencias acumuladas, conocimientos adquiridos,..., moldean lo que percibimos y la manera en la cual interpretamos y experimentamos todo lo vivido. Esto crea la forma en la que conocemos la realidad y, por lo tanto, influye decisivamente en la manera de comportarnos en esta.
Así, podríamos decir que existen tantos mundos como observadores. Obviamente, no en sentido literal, pero sí al considerar la manera de entender a este.
Esto no quiere decir que la distancia entre unos u otros sea tan grande que haga imposible el llegar a comprender en parte la visión del otro, pero sí hace infructuoso el intento de defender nuestra concepción como la total, única y verdadera y, consecuentemente, nuestras acciones como las únicas óptimas.
De igual forma, debemos de ser conscientes de que otras personas nos contarán su interpretación de la vida desde su manera de entender la realidad, la cual podrá acercarse a la nuestra, pero nunca copiarla.

Ser querido y no corresponder es un gran peso. Querer al que siente lo mismo es una bendición.
Cuando alguien te percibe como fuente de cariño, atención, cuidado,..., no ser capaz de dar todo esto, con mucha probabilidad, te generará gran dolor.
Si una persona recibe el amor que se ve incapaz de devolver, salvo en los caso de claro egoísmo, la cuestión será trágica o, por lo menos, amarga. La persona sabrá que el daño provocado estará garantizado.
Sin embargo, si todo esto es recíproco, si lo que uno recibe puede ser dado, todo cambia. Aquí se trata de intentar hacer lo que uno siente de mejor manera, algo que todas las personas anhelamos hacer, pelear por lo que queremos.

Buscar siempre lo ideal, lo perfecto, lo que no es mejorable, puede llevarnos a espirales interminables de pensamiento improductivo y torturador.
En muchísimas ocasiones, esa opción tan ansiada nunca llegará o, si así fuera posible, encontrarla sería tan duro que haría que el coste superase al beneficio.
Acostúmbrate a ir tras lo adecuado dentro de lo posible, a por aquello que, sin tener un nivel de perfección insuperable, se presenta como una opción de bastante provecho en relación a su coste.

La sinceridad bien aplicada es algo sano que ayuda a las personas a entenderse y acercarse. Esta misma, mal usada, nos lleva a generar dolor, conflicto y distancia.
El decir lo que sentimos y pensamos se una manera en la que el otro pueda conectar con lo que le queremos transmitir requiere de remplaza y habilidad.
Esencial es entender que es necesaria la flexibilidad. No siempre, a cualquier precio y bajo toda circunstancia es sano expresar todo aquello que hay dentro de nosotros. De igual forma, la cantidad de información también debe de adaptarse al momento y al receptor del mensaje.
De igual forma, esencial es entender que la forma de lo que se dice es igual de importante. No todos las maneras sin igual de buenas, algunas harán que los otros deseen acercarse y otras pelear o alejarse.

Algunas ideas, proyectos, teorías,..., pueden ser entendidos por nuestra parte racional. Pero, realmente conocer al otro, sus necesidades, miedos, inquietudes,..., es imposible sin nuestras emociones.
Son muchas las cosas en nuestro mundo que pueden ser explicadas según una serie de reglas lógicas, las cuales, nuestra mente analítica puede llegar a captar en su totalidad. De hecho, se podría decir que esta parte de nosotros tiende a hacer esto de manera natural.
Sin embargo, cuando entramos en lo que tiene que ver con lo humano, con la manera en la que este actúa, se relaciona, crea,..., esa parte racional se queda corta. Esta necesita conectar con lo que el otro siente y eso solo se puede hacer a través de lo que nuestras emociones nos dicen.

Llevas mucho tiempo diciéndote que eres menos que los demás, que no eres capaz, que no encajas,... Tanto que has llegado a creerte que ese eres realmente tú.
Todas esa críticas que resuenan dentro de ti no son definiciones, no dicen realidades que merezcan ser tenidas en cuenta, de lo que te hablan es de todas las veces en las que te has sentido despreciado, acusado o desplazado.
A lo largo de nuestra vida son muchas las personas que, con mala intención o sin ella, nos indicaron que no estábamos al nivel que ellos querían y eso, lo queramos o no, quedó grabado en nuestro interior.

Los que nos quieren no pueden enseñarnos todo, pero sí lo más importante, a confiar en que nosotros tenemos la capacidad aprender a vivir.
El cariño nos hace sentir seguridad en esas personas que nos lo dan, lo cual, a su vez, nos provoca lo mismo respecto a nosotros mismos.
Así, no hay mejor regalo a otro ser humano que un ambiente lleno de amor, donde poder confiar en que los problemas se resuelven, los obstáculos de superan y las metas se pueden alcanzar.

La responsabilidad de tu felicidad es tuya. Los demás pueden ser apoyo u obstáculo para llegar a ella, pero nunca deberías cargarlos con la obligación de dártela ni con el poder de manejarla.
Cuando dejamos a otros que tuerzan nuestra voluntad y nos dirijan la vida, lo que realmente hacemos es renunciar al bienestar propio para que ellos alcancen el suyo.
Otro extremo está en exigir a alguna persona ajena que nos dé lo necesario para que encontremos el lugar que nos corresponde. En estos casos, los culpabilizaremos por no darnos lo que se supone que deben de proporcionar.
Diferente es participar de relaciones en las que todos nos ayudamos a perseverar en la senda de lo que necesitamos para hacer del paso por este mundo algo agradable y con sentido. Esto es apoyo y colaboración mutua, siempre bajo la responsabilidad de cada uno.

Te abandonó esa persona a la que tanto querías. Hoy crees que el dolor nunca pasará, que el sol nunca volverá a brillar y que todo en tu vida será oscuridad.
Es necesario que sepas que esto no es así. El sufrimiento de hoy en días venideros te dejará y, de manera progresiva, a una nueva versión de ti mism@ dará.
Estas experimentando la enorme tristeza que supone perder a algo muy importante. Tu mente está haciendo un gran esfuerzo por aprender a vivir sin eso que tanto significado tenía.
Ten paciencia, toda herida tarda tiempo en curar y, para que esto ocurra, debemos dejarla cicatrizar. Nosotros no podemos imponer el periodo de recuperación, solo está en nuestra mano el respetarlo.

Si estas sentado quejándote de lo poco que te gusta tu vida, muy probablemente está seguirá siendo peor mañana.
Deja de hablar con los fantasmas de tu mente y comienza a buscar el haz de luz que hay entre tanta oscuridad.
Cuando nuestra situación no es buena, es bastante posible que toda la atención se centre en todas esas cosas que nos están frenando.
Como seres humanos, tiene toda lógica que atendamos en primer lugar a eso que está siendo causa de nuestro sufrimiento. Después de todo, es nuestra principal amenaza.
Pero hay algo más que apunta en otra dirección, lejos de lo sentido en el momento. Esto nos dice que solo fijándonos en las salidas podremos dejar de ver nuestro lugar de encierro.

Avanzar en la senda de la vida, hacer el camino con todo lo que esto implica: subidas, bajadas, obstáculos,...
Parar a observar, a valorar lo recorrido y dejado atrás, donde estamos y somos, y lo que delante de nosotros nos espera.
No hay más opción que participar de este sendero que es el vivir y, si al hacerlo somos conscientes, eso mismo lo llenará de sentido.

Todos necesitamos maestros, padres, abuelos,..., personas que nos sirvan de modelos y de guías. Sobre todo, en esos ámbitos de la vida en los que no nos sirve un consejo frío, donde necesitamos la voz cálida de aquel que nos quiere.
Son muchas las orientaciones que podemos encontrar en diferentes fuentes de información. Así, en colegios, libros, Internet,..., podemos dar con explicaciones diversas de cómo enfrentarnos a diferentes problemas.
Los campos en los que es posible beneficiarnos de lo que nos llega a través de esos focos de información, con los que no tenemos ninguna conexión humana, son múltiples. Pensemos, por ejemplo, en casi cualquier cuestión técnica dentro de nuestro ámbito laboral o académico.
Sin embargo, cuando nos enfrentamos a dificultades más humanas, aquellas que tocan emociones e ideas de esas que emanan de lo más profundo de nosotros, la cosa es diferente. Imaginemos aquí a un padre primerizo, una joven que se enfrenta a su primera relación o un corazón roto que afronta su primera decepción.

Una de las formas más fáciles y rápidas para no lograr tus objetivos es dejarte llevar por el miedo a no alcanzarlos.
El miedo al fracaso, a no ser capaz de conseguir lo propuesto, es algo natural en el ser humano.
Todos, bajo ciertas circunstancias, podemos sentir desde una leve inquietud hasta auténtico pavor al enfrentarnos a diferentes retos.
El sentido común nos dice que las emociones y determinados pensamientos que suelen acompañar a las situaciones complicadas no son agradables.
Esto es así y debemos de tomarlo de esta manera, lo que implica no dejamos arrastrar por lo experimentado y sí afrontar los retos con todo esto, sin cejar en el empeño.

Hablar con las personas adecuadas de lo que nos genera incertidumbre, de lo que no nos gusta de nosotros, de aquello que nos dejó heridas que nunca curaron,..., puede ser uno de los ejercicios más maravillosos del ser humano.
Compartir nuestro mundo interior y saber que el otro está ahí, que es capaz conectar y compartir, es algo muy especial. Esto nos lleva a sentirnos cuidados, arropados, envueltos en la calidez de las relaciones.
Esta acción tan potente puede transformarse en algo totalmente dañino cuando lo que transmite aquel al que se ofrece lo más íntimo, lejos de transmitir que se nos quiere, lo que nos deja es odio, indiferencia o insuficiencia.

Los mejores proyectos, aquellos que nos proporcionan una alegría duradera y estable, se viven poco a poco y día a día. Necesitan del contacto suficiente para ser conocidos en profundidad, para que se hagan parte de nosotros y que, de alguna manera, siempre estén presentes.
Las relaciones personales, los proyectos laborales, incluso cosas aparentemente más terrenales como el cuerpo humano, son fuentes de matices, de nuevos aprendizajes, de nuevos estados psicológicos,... Estos no pueden ir siendo descubiertos si no nos tomamos el tiempo necesario para ello, si solo nos quedamos en la superficie, en el adorno, en la palabrería.
Así, en este mundo de velocidad, de fuegos artificiales, de satisfacción inmediata,..., suele escasear la paciencia para conocer lentamente, para saborear poco a poco, para conectar realmente con lo que hacemos. En esa búsqueda de la emoción fuerte e impactante nos olvidamos de la sosegada y sincera.

No todos entendemos las relaciones de pareja de la misma manera. Las expectativas, necesidades y, en línea con estas, la forma de comportarnos, pueden ser muy diferentes.
El hecho de que exista cierta distancia entre lo que uno y otro sienten y piensan es algo normal y sano. Ofrecer nuevas perspectivas enriquece la manera de vivir el mundo sentimental, hace que ambos crezcan en la relación.
Una equivalencia total, además de casi imposible, empobrece el desarrollo de cada uno. Lo contrario, una diferencia excesiva, lleva a vivir en una tensión casi imposible de sostener a lo largo del tiempo.

La persona equilibrada se preocupa por el daño que puede llegar a hacer a los demás. Pero él no se excluye, se considera igual, no más, pero tampoco menos. Así, intenta no perjudicar a nadie, tampoco a él mismo.
Aquel que piensa en los otros, poniendo los intereses de estos antes que los propios, es alguien no sano. Podríamos entender a esta persona como sumisa y, consecuentemente, irrespetuosa con su propia persona.
En el otro extremo, encontraríamos al que solo perjudica al otro y nunca a él. Ese ser narcisista que antepone su bienestar al de todos, sin dar ninguna importancia al sufrimiento ajeno y toda al propio.

Esa voz que te dice no vales, eres inferior, no estás a la altura,..., esa es es la que te está frenando. Esa parte de tu mente te castiga y hace sufrir de la misma manera que lo haría un padre cruel e insensible.
Por desgracia, no puedes extirparla de tu mente como el cirujano que extrae un cuerpo extraño. No tenemos la capacidad de deshacernos de esos pensamientos y emociones críticos que nos atormentan de forma directa, expulsándolos sin más.
Por suerte, sí es posible dejarlos a un lado, como lo que son, una parte nociva de nuestra psique que debe ser tomada como algo inútil, como un elemento dañino que solo merece ser arrinconado, ignorado y aislado para que él mismo perezca por la inanición provocada por esta distancia.

Es necesario tener cierta distancia con lo que pensamos y sentimos. Mente y realidad no tienen que ser la misma cosa.
Al cabo del día son muchas las cosas que aparecen en nuestra consciencia y no todas son de utilidad.
Si intentamos tratamos a todo esto como algo a lo que siempre debemos de responder, estaremos perdidos.
Así, hemos de diferenciar entre ese mundo interno y la realidad. En ocasiones existirá similitud, pero no son lo mismo.
Tampoco se trata de ignorar por sistema, sino de discriminar entre lo que es válido para ser tenido en cuenta y lo que no.

Llevarnos bien implica aprender de nuestros errores, darnos cuenta de que a veces nos confundimos al interpretar los sentimientos y pensamientos del otro y que a este le ocurre lo mismo.
Si buscas que los demás se comporten de una manera siempre correcta contigo, solo encontrarás frustración. Lo mismo que si crees que tú lo lograrás. Hay cosas que simplemente no son posibles.
Así, lo que deberíamos esperar los unos de los otros es la intención de mejora, el esfuerzo por leer lo que tenemos dentro, pero nunca una ilusoria perfección que jamás podrá ser encontrada.

Si esperas a sentirte bien para hacer lo que tienes que hacer, es muy posible que nunca lo hagas.
Dejarnos arrastrar por las emociones en todas las ocasiones nos llevará a vivir únicamente reaccionando a lo que pasa en ese momento.
La vida no solo requiere actuar a corto plazo, también necesita que seamos persistentes en muchas conductas que, si bien en ese momento conllevan malestar, a largo plazo provocarán bienestar.
Así, para conducirnos de una manera realmente eficaz, debemos encontrar un equilibrio entre reacciones destinadas a solventar lo sentido en ese tiempo concreto y lo que sentiremos al ser constantes.

Evitar aquello que nos aleja de lo importante será de lo más útil que podamos hacer. Alejarnos de lo valioso por evitar cosas molestas será de lo más perjudicial que lleguemos a realizar.
Es algo esencial en la vida conocer cuándo es sano evitar y en qué momento es todo lo contrario, dañino.
Una cuestión esencial para conocer la diferencia es observar la dirección en la vida que nos conduce hacia un lugar realmente importante.
Con conciencia de la senda valiosa podremos saber qué es lo que nos entorpece el camino y, de esa manera, identificar aquello que es evitado de una manera correcta.
De igual manera, también será más fácil ver con claridad aquello que al ser evitado nos aleja de lo realmente significativo. Aquellas cosas que al ser dejadas a un lado hacen que igualmente lo hagamos con lo que importa.

A algunas personas les cuesta ver que no siempre tienen razón, que las cosas no van mal por culpa de los demás en todas las ocasiones, que la causa de sus males también depende de ellos
Son muchos los que creen que su forma de ver la vida es la única y que aquellos que la ven de otra manera están equivocados. Los que sienten que el pensamiento diferente es un ataque hacia ellos.
Los que solo ven enemigos, viven en un lugar lleno de rencor, un mundo en el que la mayoría de los otros busca dañarlos, en el solo existen los buenos y los malos, o, lo que es igual, los que con ellos están de acuerdo y los que no.

Encontrar nuestro lugar en la vida, aquello con lo que realmente estamos cómodos, lo que encaja con nuestra personalidad, suele ser una tarea compleja.
Algunas personas tienen la gran suerte de encontrar un trabajo con el que se sienten realizados muy. Los más, necesitan probar muchos para llegar a esto.
Con las parejas suele pasar algo similar, aunque existen aquellos que encuentran en su primera relación a una persona con la que compartir la vida de una manera satisfactoria, son numerosos los que deben pasar por varias para llegar a esto.
Dificultad no implica imposibilidad. Así, el hecho de que sea difícil no debería ser excusa para renunciar a ello, sino simplemente ser visto como lo que es, algo muy valioso y costoso.

A veces, lo que más cuesta es no hacer cosas por los que queremos. Existen momentos en los que intervenir en la vida del otro es un perjuicio.
Cualquiera necesita apoyo, sentir que hay gente que vela por su intereses y que, en un momento dado, le servirá de refugio.
De igual manera, todos tenemos un espacio personal, el cual, si no es respetado, generará gran malestar.
Así, las dificultades en la relación con los demás pueden venir por no ofrecer lo que se necesita, pero también por insistir en dar lo que no se quiere.

Día de Reyes, en el que, por encima de todo, se celebra la magia de regalar, a cualquier ser querido, pero, sobre todo, a los más pequeños de las familias.
La tradición tiene su origen en unos personajes que habitaron oriente, considerados reyes, magos y, en muchos lugares, también sabios.
No se conoce reino gobernado por aquellas personas, sí su solemnidad y su capacidad para seguir señales que los demás no supieron leer y menos seguir.
Así, su magia parece residir en su sabiduría y, a la vez, esta parece mágica. Ambas al servicio de ofrecer al otro, de demostrar a los seres valiosos que realmente lo son.

Nuestra capacidad de razonar es una de las herramientas más útiles que tenemos como humanos y quizás una de las que más nos diferencia de los demás seres.
Pero, como todo elemento poderoso, también puede tener un lado oscuro. En ocasiones, esta gran virtud nos lleva a caminar en sendas sin final.
Buscar explicaciones, soluciones, salidas a todo lo que nos inquieta, puede conducirnos a bucles interminables que generan gran cantidad de dolor.
Con mucha frecuencia, esto es necesario y útil. Sin embargo, también se dan las ocasiones en las que no hay manera de evitar lo que nos daña, encontrarle explicaciones o mejores soluciones.
Así, una habilidad esencial en las personas es saber en qué momento dejar de buscar y sí actuar en una dirección u otra, lejos de dañinos círculos de pensamiento que no llevan hacia ningún destino.

A veces estamos tan cerca el uno del otro que no nos podemos ver completamente. A tan corta distancia que solo somos capaces de percibir pequeñas partes.
El detalle es muy valioso, pues en él hay cosas que no pueden ser vistas en la totalidad. Pero, solo este, sin una visión global, no permite observar todo lo que es la persona.
Así, ambas perspectivas son necesarias. No podemos conocernos y valorarnos realmente sin contemplarnos en diferentes distancias de una manera dinámica, en la que se combinen y alternen estas sin permanecer excesivo tiempo en la una o en la otra.