publicaciones en redes 2020 II


Adiós 2020
Bienvenido 2021.
Cruza la frontera del año con la mente clara
y deja en el calendario los sinsabores vívidos.
Prepara tu corazón para una nueva etapa, ábrelo a un tiempo en el que podamos ser felices.
Dejamos atrás meses de miedo e incertidumbre en los que la enfermedad ha socavado nuestro estilo de vida.
Para algunos solo se quedó en eso, otros, miles, dejaron mucho más, no un estilo, sino a ella misma.
A la dureza directa del mal que todos conocemos, otras desgracias son las que han acompañado a otras criaturas, dificultades que hicieron casi imposible lo ya muy difícil.
Las fechas no dan la vuelta a las situaciones de forma mágica, pero sí tienen el poder de hacernos reflexionar y valorar lo que se perdió, al igual que lo que se tiene y lo que está por llegar.
Son numerosos los malheridos por el 2020, también a los que apenas rozó. A los segundos los felicito y les deseo que la situación les siga siendo favorable. Con los primeros me tomo un tiempo más.
A estos últimos, a los que sufren, doy mis lágrimas y mis abrazos, para después decirles la única verdad que todos sabemos, la que nos dice que no nos queda más opción que seguir luchando.
Todos necesitamos en algún momento de esa persona, libro o situación que ensanche a nuestra mente.
Siempre existirán épocas en los que lo vivido se empobrece, donde no somos capaces de experimentar con la suficiente amplitud todo lo que se nos muestra.
Cuando las cosas no van del todo bien y el sufrimiento hace acto de presencia en mayor mayor cantidad de lo que correspondería, más de lo que realmente generan las circunstancias en las que la persona está envuelta, la manera en la que esta usa su pensamiento necesita de un cambio.
En tiempos así, es esencial encontrar a algo o a alguien que sea capaz de dar la suficiente seguridad para ser tenido en cuenta y que esto nos lleve a aprender otras formas de relacionarnos con nuestra propia mente y con lo que hay más allá de esta; el mundo en el que habitamos, con su gente, actividades y lugares.
Es difícil convencer a alguien de que lo que piensa o hace es incorrecto, más fácil es ayudar a este a ver que existen más posibilidades.
La confrontación directa no suele ser un buen camino hacia la comunicación. Esta suele llevar a las personas a encerrarse en su visión y a defenderse de diferentes maneras.
Tras esto, la justificación, el contraataque o la huida suelen darse en la mayoría de los casos. Lo cual, lejos de llevar a modificaciones, conduce casi siempre a una mayor distancia.
Sin embargo, si se parte de de la expresión de entendimiento sí es posible plantear escenarios diferentes que puedan ser tenidos en cuenta, aspectos diferentes que permitan ensanchar la realidad percibida y, por lo tanto, aumentar las opciones de pensamiento y comportamiento.
La voz interna que nos critica y castiga por no ser como se supone que tenemos que ser es el ingrediente que puede convertir en veneno todo lo que pensamos y sentimos.
La culpa nos lleva a creer que gran parte de lo que somos y hacemos es algo incorrecto, despreciable, defectuoso,...
Así, poco importa que por momentos tomemos conciencia de nuestros logros y virtudes si no somos capaces de dejar a un lado a esa zona tan oscura que todos poseemos.
Consecuentemente, esta vida no solo va de trabajar por la mejora personal y de enfocar la visión para ver todo lo bueno que tenemos. Esto es muy importante, pero también es imprescindible que sepamos dejar a un lado a esa parte que nos machaca y que mancha todo lo bueno que podamos percibir de nosotros.
Enredarnos en un mismo problema de manera improductiva hace que nuestra visión de él sea cada vez más estrecha y la preocupación más ancha.
Cuando nos enfrentamos a la duda, como seres humanos, nuestra naturaleza nos empuja hacia el encuentro de la solución en diferentes maneras.
Se puede dar que la encontremos en su totalidad, que lleguemos a un punto en el que, sin ser ella, nos permita aplazar la búsqueda, o, por desgracia, también a un bucle interminable que para nada nos acerque al destino buscado.
Este último, ese torbellino de pensamiento y emoción, tiende a absorber toda nuestra atención. Si nos dejamos llevar, las ideas estarán cada vez más concentradas en más de lo mismo, mientras que el dolor no dejará de ir a más.
Esforzarnos hasta casi el límite, vivir exhaustos, pelear por objetivos inalcanzables,..., es condenar nuestro bienestar.
No aceptar el fluir de nuestra vida es remar contracorriente y dejar de hacerlo en la dirección en la que esta nos mueve.
Llevar nuestra mirada demasiado lejos nos impide centrarnos en los obstáculos que tenemos ante nosotros y en las riquezas que nos envuelven.
Dejar a la vida desplegarse como esta desea implica no desgastarnos en lo que no puede ser, conlleva dejar que esta sea lo que ella desea.
Aristas, grietas, cicatrices,... La vida nos mueve, en ocasiones suavemente, otras veces agitándonos e hiriendo nuestro cuerpo y mente.
Tras las tempestades, algunos surcos son rellenados y apenas dejan su huella.
Pero también existen hendiduras imposibles de reparar.
El ser humano es animal de buscar soluciones, de intentar arreglar lo roto. Por ello, la pelea por borrar el dolor es cosa casi obligada. Pero, de igual manera, en algún momento también lo es el rendirse ante lo que no se puede modificar.
Aprender a vivir con lo que nos queda, con ese ser con nuevas zonas débiles, se presenta como una tarea fundamental en la vida. Quizás una de las más importantes, pues ella es paso obligado para todos los que tenemos conciencia de nuestra existencia.
Conocernos nos lleva a descubrir el lugar en el que encajamos, a conocer a las personas con las que realmente podemos llegar a sentirnos bien y a encontrar los proyectos en los que desarrollarnos.
Saber quien somos implica ser conscientes de nuestros valores, personalidad, fortalezas,..., pero también de nuestras debilidades, miedos y cargas.
Cuadrar todo esto, sin duda, es una de las labores más importantes que podemos llegar a realizar a largo de nuestra existencia.
Conformarnos con una vida en la que nos sentimos desubicados es sacrificarnos y sacrificar a los demás con la pérdida de lo mejor de nosotros.
Pensar que la felicidad del otro depende de nosotros es la carga que nos hace sumisos. Así, vivir al servicio de los demás no siempre depende de que los otros quieran dominarnos, también tiene que ver con que nosotros nos comprometemos como si así fuera.
Las personas libres son responsables de su felicidad y actúan en consecuencia, sin cargar sobre sus hombros las insuficiencias de los que les rodean ni tampoco exigir a estos que les den lo que por ellos mismos no pueden alcanzar.
Cuestión diferente es la colaboración, el consenso, el solicitar y ofrecer voluntariamente. Apoyarnos mutuamente es parte esencial de la vida madura, pero esto no tiene nada que ver con el hecho de que el bienestar de uno se base en el malestar de otro.
Tratarnos los unos a los otros como adultos completos conlleva el hacerlo como personas independientes con la capacidad de pedir, ofrecer o rechazar en función de nuestras necesidades e intereses.
Cuando nuestra vida se basa en hacer feliz al otro nos convertimos en un instrumento para este, en alguien cuya capacidad de ser él mismo queda suprimida por la voluntad de aquel al que creemos estar obligados a complacer.
Otra variante en la forma en la que alguien puede relacionarse con el otro es la cara opuesta de la anterior, aquella
en la que uno cree que los demás o parte de estos tienen la obligación de proporcionarle la felicidad que por el mismo no llega a alcanzar.
Tratarnos los unos a los otros como adultos completos conlleva el hacerlo como personas independientes con la capacidad de pedir, ofrecer o rechazar en función de nuestras necesidades e intereses.
Cuando nuestra vida se basa en hacer feliz al otro nos convertimos en un instrumento para este, en alguien cuya capacidad de ser él mismo queda suprimida por la voluntad de aquel al que creemos estar obligados a complacer.
Otra variante en la forma en la que alguien puede relacionarse con el otro es la cara opuesta de la anterior, aquella
en la que uno cree que los demás o parte de estos tienen la obligación de proporcionarle la felicidad que por el mismo no llega a alcanzar.
Cambiar proyectos importantes en tiempos de urgencia puede llevarnos a vivir en una continua indecisión. Escoger caminos requiere de una mente clara, salvar obstáculos exige que esta sea rápida.
Los momentos críticos, esos en los que no nos queda otra posibilidad que tomar decisiones en poco espacio temporal, a menudo requieren de cambios bruscos. Sin duda, en nuestra vida serán frecuentes las ocasiones en las que esto ocurra.

 

Existen también decisiones asociadas a la dirección por la que queremos transitar en la vida, a las personas con las que queremos vivir o a la profesión que por uno u otro motivo escogimos. Esto no puede seguir el pulso del instante; necesita sosiego, reflexión y perseverancia
Ser adulto implica muchas cosas. Entre otras, muchas perdidas que se irán dando en el transcurrir de la vida. Avanzar en años inevitablemente conlleva perder a seres queridos, capacidades físicas, parejas,...
Aceptar que vamos perdiendo sin poder evitarlo es parte de madurar. Pero también es ser conscientes de que hay cosas que nunca se van, de ellas, quizás la más grande es el amor de los que realmente nos quieren, estén o ya no estén.
Si la felicidad de tu pareja conlleva tu infelicidad, algo no va bien. No parece con sentido que el compartir voluntariamente con alguien busque llegar al sufrimiento.
La gente se relaciona entre sí por diferentes motivos, de estos, como no puede ser de otra manera, los más sanos son los que tienen que ver con la mejora de todas las partes.
Cuando dos personas deciden ayudarse a ser más felices, siempre se debería respetar lo que es el otro. De lo contrario, en el momento en el que se intentan imponer valores, intereses y formas de ser, la desdicha de uno está servida y el objetivo máximo de la relación estará perdido.
Conocernos en profundidad, saber de nuestros valores, personalidad, heridas pasadas,..., nos da la explicación de por qué tomamos aquellas decisiones tan duras en momentos en los que pudimos haber optado por caminos en apariencia más sencillos.
La lógica de lo que hacemos no siempre está en la superficie, a veces necesitamos profundizar en nuestra psique, bajo capas de explicaciones fáciles, para llegar a ella.
Cuando las situaciones nos exigen decisiones que no se basan solo en cubrir necesidades, que van más allá de nuestros bienes, bolsillos o cuerpo, entramos en el territorio de nuestra mente, el cual es necesario explorar para extraer de él las respuestas que puedan sacarnos del arrepentimiento y la culpa insana.

Intenta comportarte de la mejor manera, pero sé consciente de que no siempre lo lograrás. Pídete parecerte a la mejor versión de ti, pero con la seguridad de que nunca llegarás a ese ideal. Arenga a tu persona para seguir adelante y perdónate cuando lo que hiciste no fue lo mejor que se pudo hacer.