publicaciones en redes 2021 I

Todo adulto alguna vez fue niño y, aunque ahora no lo sea, nunca dejó de serlo. En su maduración se fueron añadieron muchos logros, pero esto no hizo desaparecer los que ya estaban, solo puso a unos sobre los otros, fue construyendo sobre lo que ya estaba.
La necesidad y deseo de ser queridos, la sensación de calidez ante un abrazo, la seguridad al estar con los que nos protegen, todo esto y muchas otras emociones y formas de interpretar la realidad que vieron la luz en la infancia, lejos de caducar y desaparecer, siempre permanecen.
Aquel que crece adecuadamente lo hace viendo al mundo cada vez más completo, de una manera más racional y moderada, pero esto no lo lleva a dejar de apasionarse, sorprenderse, ilusionarse,.... En definitiva, madurar no es igual a abandonar lo que fuimos, solo supone completarlo.
El miedo pude ser una fuerza muy oscura con la dolorosa capacidad de absorber toda nuestra atención.
Si nos rendimos a este, si no luchamos por evitar su secuestro , el sufrimiento estará garantizado.
Dejarnos arrastrar por esta energía nos sumergirá en unas aguas muy oscuras de las que será muy difícil sacar la cabeza, donde mantener contacto con lo que nos importa será algo imposible de alcanzar.
La pelea por mantener nuestro foco mental en lo que realmente nos es valioso, nuestra gente, nuestras actividades, nuestros lugares,..., debe de ser descarnada, sin miramientos, a vida o muerte.
Querer que una persona nos quiera es natural. Aceptar que esa misma no nos quiera, en ocasiones es necesario.
En la vida pueden darse de manera muy frecuente etapas de amor no correspondido, meses o años en los que dedicamos nuestra energía a una relación que no llega a ofrecernos el ansiado afecto.
La naturaleza del ser humano empuja a este a perseguir el cariño y, por desgracia, esta no siempre tiene la capacidad de hacer que la meta buscada esté en la misma labor.
Así, vernos en una situación de este tipo, en la que nos sentimos abandonados, ignorados, despreciados, … , por aquel o aquella a quien tanto amamos, nos guste o no, es algo difícil de no probar.
De nada sirve que pongas kilómetros entre tú y esa persona que te daña si no eres capaz de abrir una pequeña brecha con el sufrimiento que te crea.
Los que nos hacen sentir culpables por no ser lo que ellos quieren que seamos son una compañía muy difícil de llevar. La cual, a menudo, puede ser fuente de dificultades psicológicas duras de gestionar.
Para poder convivir de una manera sana con estas personas, el alejamiento parece imprescindible. Pero, aquí no hablamos de que este sea en el espacio físico, sino en el mental.
Así, inútil es vivir en la otra parte del mundo si esto no va acompañado de una separación con los sentimientos y pensamientos que estos generan. De igual manera, si logramos esto último, lo primero deja de ser necesario.
Intenta hacer todo de la mejor manera posible, pero siendo consciente de que hacerlo perfecto es imposible.
Ser persona implica la equivocación, conlleva hacer cosas que no siempre acaban en el resultado previsto o en las que este lleva a otras consecuencias no anticipadas y tampoco deseadas.
Además, las fuerzas que nos mueven suelen ser muy variadas y a menudo difíciles de ser percibidas. Circunstancias adversas, traumas pasados, conflictos de valores,..., nos empujan y zarandean de forma que es difícil no desviar el rumbo.
Así, de nada vale dejarse llevar por la desazón aparejada a la equivocación, inútil es el consumo de energía de la autoflagelación, a ningún lugar de provecho nos conduce el culparnos de forma despiadada.
Cosa muy diferente es el análisis de lo hecho, la asunción de responsabilidades y la pelea por cambiar lo que sea posible en el presente y en el futuro, aceptando que siempre habrá cosas sin solución.
Ver al mundo con ojos de niño implica vivir lo cercano, sencillo y cotidiano con fascinación y pasión. Conlleva dejar lo que se escapa de la mirada donde está, fuera del momento.
Casi todos pasamos por fases de nuestra existencia en la que las opciones nos parecen ilimitadas y soñamos con enormes proyectos que lleven a que nuestro nombre quede grabado en la memoria de millones de personas.
De manera lógica, tarde o temprano, la variedad de opciones laborales, personales y académicas, se definen y, por tanto, el camino se hace más claro, a la par que, para muchos, dirigido a un lugar más humilde.
La toma de contacto con esta realidad, la de que no todo es posible, puede afrontase de varias maneras. Podemos pelear contra nuestras limitaciones, intentar ser más poderosos que la propia condición humana, o volver al origen, a mirar con los ojos de ese niño que fuimos.
El momento en el que los milagros parecen imposibles, las segundas oportunidades escasas y los salvadores ausentes, la reinvención es obligatoria.
Cuando las soluciones que conocemos no nos sirven, ya sea porque no funcionan como lo hicieron en otras ocasiones o, simplemente, porque no están, el vértigo puede ser grande.
Sin embargo, si la vida nos permite seguir peleando en tiempos tan oscuros, ya es una buena noticia, esta nos dará la posibilidad de seguir. Eso sí, seremos nosotros los que tengamos que escoger entre la rendición o la lucha.
Optar por lo segundo implica abandonar métodos antiguos y escarbar en nuestro interior, conlleva agarrar partes nuestras que antes no vimos y que ahora son las que nos han de iluminar, nos obliga a buscar una manera de crecer que aún no conocíamos.
La amistad que perdura no es la que nunca encontró inconvenientes, es la que se enfrentó a muchos de ellos y siempre fue capaz de resolverlos.
Cuando aparece el desacuerdo entre personas que se aprecian, lo que realmente se muestra son muchas cosas y todas muy humanas: errores, diferencias, debilidades,...
Si eso solo es una parte de lo que realmente es el total de aquellos que se aprecian, mirar el todo y dejar a un lado la porción parece lo más inteligente.
Así, los que saben ver al otro y no dejar su mirada fijada en lo que dolió pueden construir relaciones basadas en lo importante. Por supuesto, siempre que eso exista.
Como consecuencia, en el momento en el que dos amigos tienen la confianza de que son capaces de valorarse y pelear para que los tropiezos no maten lo que hay entre ellos, esto se convertirá en algo fiable en lo que ambos sabrán que siempre se podrán apoyar.