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Cuando el otro está herido, puedes acercarte e intentar ayudar a que cure o dejar que este se desangre.
Cuando alguien sufre por lo que le hemos dicho o hecho, podemos alejarnos de su dolor, interpretar que él y su "excesiva" sensibilidad son los únicos responsables, o acercarnos a lo que hay detrás y buscar la forma en la que ayudar.
Es fácil ver nuestros comportamientos como equilibrados y justos. Cómodo es también esperar que los demás respondan a estos la según lo esperado. Ahora, la cosa puede tornarse más espinosa en el momento en el que esto no es así y la reacción del otro excede lo previsto.
Una forma de afrontar la adversidad de lo no entendido es aferrarnos a una explicación sencilla y poderosa, dejar como única responsable del malestar a la manera en la que el otro vive nuestros actos. Otra, la más costosa, implicaría ir mucho más allá y preguntarnos qué parte del otro es la que dañamos y cómo podemos ayudar a que el sufrimiento sea menor.
Optar por lo más simple ahorrará tiempo y energía, pero no nos ayudará a la labor de acercarnos al otro y de crecer junto a él, lo que sí favorecerá con mucha probabilidad la opción más compleja.
Pedir ayuda es una cosa, pedir que te salven, otra.
Reconocer el hecho de que no siempre podemos vivir de manera autosuficiente y que, por lo tanto, son muchas las ocasiones en las que tenemos que pedir apoyo, nos hace mostrar algo de lo que ningún ser humano puede desligarse, el reconocimiento de que somos vulnerables o, lo que es lo mismo, de que nuestra fuerza es limitada.
Entender esto conlleva ser conscientes de que, más tarde o más temprano, todos necesitaremos de otros para poder seguir hacia delante, deberemos de buscar a quien complemente lo que aún nos quede o lo que ya hayamos perdido del todo.
Aquí hay dos posturas diferentes, dos formas de enfrentar una misma realidad que denota profundas divergencias en aquellos que se comportan conforme a la una o a la otra.
La más sana es la que adopta el que se siente responsable de pedir y de dar, aquel que entiende la ayuda como un proceso recíproco en el que uno no puede dejar a un lado su parte activa. Aquí el recibir va unido al ofrecer y solo se deja de aportar al otro en equilibrio cuando no existe la posibilidad de que así sea.
La otra, la que no permite un ajuste adecuado a la realidad, es la del que espera que le den lo que necesita sin encontrar motivación para hacer lo mismo, la de aquel que mira pasivamente al que él siente que debe traerle lo esperado, la del adulto que nunca llegó a vivir como tal.
Mírate, mírame, yo te miro y me miro. Creo que ahora sí podemos entendernos y crecer.
Una relación de pareja necesita que los que en ella están tengan la capacidad de evaluarse a sí mismos: formas de actuar, pensamientos y emociones. Solo entendiendo que su verdad no es la única podrán abrirse a comprender la del otro y buscar un punto de encuentro.
Para esto , además, es necesario que cada uno de ellos haga el trabajo de intentar conocer la realidad que vive dentro del que está en el otro lado. Así, con lo recogido en el mundo del compañero y del propio, se podrá hacer de lo que hay entre ambos un espacio estimulante a la vez que tranquilo.
¿Qué es tener éxito?
No sabría responder con exactitud, pero sí estoy seguro de que, si no es algo parecido a querer y que te quieran, no merece la pena el esfuerzo por llegar a él.
Muchos de los caminos importantes solo los encontramos tras saber abandonar a tiempo otros que no lo eran.
No siempre podemos saber cuál es nuestro lugar con nitidez y claridad. En muchas ocasiones este es localizado tras una larga sucesión de aproximaciones.
Una carrera profesional en la que nos sentimos cómodos, esas aficiones que nos llenan, la pareja a la que damos con seguridad y de la que recibimos con satisfacción; realidades que no siempre se hallan tras seguir una idea nítida que nos señala lo que tiene que ser.
En nuestra existencia podemos tener la fortuna de que encaje lo que creíamos que sería bueno para nosotros con aquello para lo que nosotros creíamos que seríamos buenos, pero esto no siempre se da así. A menudo debemos ir probando y descartando para poder llegar a dicho lugar.
Seguir ideas que desechan la compasión es transitar por donde lo hicieron los que dieron forma al lado más oscuro de nuestra especie.
Es algo obvio que la realidad encuentra muy a menudo situaciones en las que es difícil que los que allí están puedan actuar sin infligir ningún sufrimiento a otros seres.
Parece sensato aceptar que no siempre es posible poder vivir sin salpicar de dolor a lo que nos toca de manera más o menos directa.
Ahora, abrazar ideas que hablan de odio y usan el sufrimiento ajeno como combustible de la dicha propia es alimentar a esa parte de la que muchos nos avergonzamos al observar los destrozos que nos hicimos a nosotros y al resto del planeta a lo largo de nuestra presencia en este.

No grites, no seas tan blando, no presiones, no dejes que tu hijo se quede atrás, no des demasiado, haz que se cumplan todos sus sueños, sé realista, dale todo lo que necesite,...

Soy un mal padre, no sé cómo hacerlo, creo que nunca lo lograré. Palabras que resuenan en las mentes de muchos que desean dar lo mejor de sí a sus hijos.

No existe el progenitor perfecto, solo nos queda intentar hacerlo bien, reconocer que nunca lo haremos perfectamente, mejorar aquello que esté en nuestra mano y aceptar que lo que no se puede cambiar es necesario dejarlo estar.

La disculpa sincera necesita de arrepentimiento y este no puede existir sin dolor.

Ante la conducta que se vive como equivocada y el daño que conlleva esta, el intento de arreglar lo posible es una de las formas naturales en las que los seres humanos buscamos ser y estar mejor con el otro.

El remiendo de lo roto no siempre es posible, pero sí queda espacio para la solicitud de perdón, el cual no es otra cosa que la expresión sincera del malestar generado, el compromiso por intentar no incurrir en lo mismo y el propósito de hacer lo que esté en la mano para que esto no vuelva a suceder.

Ante tal definición, no queda otro camino para que la petición de gracia sea posible que el hacer llegar al doliente el malestar que conllevó al responsable del desacierto su acción o acciones.